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sábado, 13 de febrero de 2010

Te odio y te amo

Te odio y te amo porque sos la esencia de toda confusión,
y es mi amor infundado el que sostiene mi locura por semejante pasión.
Te odio y te amo porque significás la vida y la muerte,
el principio del fin, el infierno de mi cielo y la eternidad de un simple mortal.
Te odio y te amo porque sos mi motivadora más infernal,
y eso me conduce a mi inocencia desterrar.

Te amo porque sos mi vida y mi razón,
te odio porque por ti muero y enloquezco.
Te amo por ser la fuente más sagrada de conocimiento,
te odio por tus constantes fallas en plasmar una sola realidad.
Te odio porque rompiste el umbral de mi seguridad,
te amo porque me enseñaste a luchar por la libertad.

Ay ternura! yo te odio y te amo igual...

Te odio y te amo por ser tan engañosa y tan sincera,
dejándome a mí en todos los márgenes de atroces incertidumbres.
Te odio y te amo porque fuiste la revolución de mi alma,
la demencia posterior, y la destrucción final de un camino maltrecho.
Te odio y te amo por ser mi amor prohibido, mis deseos reprimidos,
la esperanza en pie, la utopía andante.

Tu verdad me enceguece, tu falsedad me entristece,
tu quimera es mi fuga y tu realismo es mi cárcel.
Dulce y refinada, terca y arrogante.
Compañera de reflexiones, asesina de mis ilusiones.
Cómplice de decepciones, destructora de mis aspiraciones.
Siendo testigo de mi soledad, me has entregado tu amistad... y tu crueldad.
¿Cuándo dejarás de atormentarme con tus ilusorias promesas de vistas inexistentes y paisajes obsoletos?

Ay Filosofía! Yo te odio y te amo igual...

Anahí M. Llanes.

sábado, 6 de febrero de 2010

Amor primaveral

Fue una noche de primavera cuando sus ojos se desviaron hacia aquel lugar. El encuentro se tornaba sugestivo junto a la multitud, la música, la fiesta, el alcohol y aquella natural seducción. Con sus frescos dieciséis años y un cúmulo de sueños por cumplir, acudió en búsqueda de aquello que desde un principio la encantó. La mirada de aquel joven apuesto la persiguió desde el momento en que entró. Fue a su encuentro a buscar compañía, un instante plácido, pero además una velada desconocida hasta ese momento, la que ella sentía que ya debía experimentar.
El tiempo junto a él corría rápidamente entre miradas cómplices, palabras sugerentes y caricias excitantes. La principal charla inocente se convirtió poco a poco en un juego de provocaciones difíciles de resistir. Inútil fue volver a recordar la situación inicial, cuando quiso recuperar la conciencia de sus actos ya estaba envuelta en sus brazos, entre enérgicos abrazos y besos apasionados. Su vista brillaba ante la mirada profunda de esos ojos verdes que durante toda la noche fueron testigo de su cautivante belleza, su cuerpo temblaba mientras él lentamente la despojaba de su vestidura y su respiración se agitaba al compás de las palabras que su amante le susurraba suavemente al oído. Sintió que ya era su momento. Y nada la pudo detener.
¿Para qué enloquecernos en entender aquel acto?
Si ni los más contundentes vocablos, ni las más conmovedoras metáforas, ni las más refulgentes imágenes lograron explicar aquellas sensaciones insuperables y ese tenue alarido final, que fue la muestra más rotunda de una magnífica explosión de regocijo. La hazaña ya había terminado.
Semanas ya pasaron del fogoso encuentro, y ella apenas recordaba el rostro de su fugaz amor, aquel muchacho sensual y atrevido que plasmó sus deseos de conocer el mundo prohibido del que siempre había oído hablar.
Los recuerdos ya eran obsoletos. El mundo y su vida seguían en el vulgar y cotidiano juego de ruleta, en el camino que inexorablemente debían transitar. Las horas, minutos y segundos corrían a la par de la rutina; todo era tan normal como lo fue siempre, sin tiempo para detenerse en cuestiones ínfimas. La escuela, los amigos y el hogar seguían siendo las constantes diarias del quehacer: nada asombroso en la vida de una adolescente cuya existencia recién comenzaba a transitar, llena de ganas de vivir plenamente cada momento y disfrutar las maravillas que el mundo disponía para ella.
Impresiones sin sentido, reflejos apacibles, ¿Por qué debería continuar escribiéndose esta historia?
Porque fue esa tarde la que marcó la verdadera diferencia, la que dispuso un antes y un después, la que impuso una nueva etapa. Un día de esos en el cual uno jamás imaginaría encontrarse de frente con la bendición y la desgracia, la alegría y la desesperación, el llanto y la risa.
Peligrosas dualidades, signos de una situación intempestiva, paradojas de la naturaleza humana... Fue allí cuando advirtió aquel milagro inesperado.
Tierna muchacha, vientre de cuna, lamentos de niña. ¿Cómo pudo la vida meterte en semejante encrucijada? ¿Cómo tomar conciencia de la verdadera dimensión de la existencia en tan sólo un grano de arena? ¿Cómo comprender algo tan profundo que hace estremecer hasta la Madre Naturaleza?
Solitarios y tristes meses, incomprensibles sentimientos. Lugares sin destinos, proezas inalcanzables. Tu lucha de guerrera te ha convertido en mujer y tus lágrimas infinitas bautizaron la llegada del nuevo ser. ¿En qué estuvo pensando todo este tiempo el porvenir? Llantos de enhorabuena, gestos de alivio; el mundo se detuvo en un instante. Aquel invierno dejó su huella hasta el fin de sus días.
¡Ay, revoltoso camino, cómo has jugado cruelmente con sigo! Seguiste de largo sin pedir permiso para realizar tu decisiva labor.
Hoy la vida no es más que un montón de contradicciones sin rumbo, y ni el más experto de los sabios lograría descifrar jamás los códigos de semejantes indeterminaciones.
El tiempo ya fugó desde aquella noche pasional en la que el deseo de una ingenua e incauta joven dio riendas sueltas a un momento de percepciones extremas. El reloj nunca dejó de correr. Cenizas quedan de un fuego esplendente cuyo calor dio vida. Desfilaron muchas estaciones para percatarse de que ya el tiempo hizo lo suyo y huyó sin inmutarse, que cualquier herida abierta ya no tiene razón de ser ni oportunidad de estar, que sólo gobierna un presente árido pero indispensable de todos modos. Ya no queda nada, sólo una vida con nuevos objetivos. Ya no queda nada, sólo aquel fruto de ese amor primaveral.

Anahí M. Llanes.

martes, 22 de septiembre de 2009

Amor Platónico

Un día cualquiera, un flechazo inesperado, una situación no deseada.
Jamás pensé que de pronto mi existir se vería encadenado a los pasos de tan peculiar estatura, o a sus particulares gritos de bronca; a esa mirada profunda que desvela todos los secretos y derriba todas las fronteras de lo conocido entre dos personas. Sus ojos me dicen todo y a la vez no me dicen nada, pero es un perfecto lugar para sentirme viva y por sobre todas las cosas, libre, como quién desea que todo tiene que ser de esa manera. Es esa libertad, sin embargo, la que pierdo con solo mirarla y sentir que nada tiene sentido.
“Pero tarde viniste a darte cuenta que ya estabas atrapada” parece decirme la expresión de su mirada, en un intento de ridiculizarme.
Inseguridad, celos, fantasías y frustraciones… un coctel fatal para una tonta adolescente cuyas utopías la mantienen en pie.
¿Realmente le pertenezco? ¿O sólo soy un eslabón perdido de una oxidada cadena que una vez buscó su cariño y afecto?
Todo parece indicar que realmente soy nada para su persona, pero ya es tarde para retirarse, el juego no permite salir antes de terminar…. Pero, ¿tiene esta partida un ganador? ¿O tal vez los momentos que compartimos son solo promesas olvidadas, abrazos relegados y caricias vencidas?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Una infinidad de interrogantes invaden lo que quedó de mi mente mientras pensaba en su peculiar manera de manejar mis pensamientos y seducir mis sentidos, pero nada parece satisfacer mis ansias de ocupar un lugar en su pequeña pero grandiosa persona.
¿Resistir o morir? Una pregunta que puede ser determinante, pero que a ella nunca le importaría, porque en realidad jamás le interesó; todo esto solo fue una ilusión que no tuvo fundamentos, algo que nunca sucederá.

Anahí M. Llanes.